ISMAEL
El niño de los choclos de oro
(Segunda Parte)
Una tarde, Ismael acababa de terminar su juego, puso todo en su lugar y se sentó a esperar a su madre. Pasó un rato y ella no llegaba, fue a mirarla al patio y alcanzó a ver su cara aún pintada en el espejo que colgaba tras la puerta. Corrió desesperadamente al baño para quitarse el maquillaje, pensando que Margarita lo pillaría, se sentía sucio, muy angustiado, y comenzó a enjabonar fuertemente su cara para quitar el rubor. Después de un rato, no podía distinguir el color ocasionado por sus juegos de aquellos provocados por la fuerza con que se refregó la cara. Se conformó con miedo a que el color pasaría en un rato y se sentó en la entrada de la casa esperado a su madre mientras inventaba alguna excusa para darle. Prometió que nunca más jugaría así.
Terminó de oscurecer cuando la señora Rosa lo vio dormirse bajo el dintel de su puerta, lo estaba observando hacía mucho rato, pero no se atrevía a acercarse a él. No sabía qué sería del niño ahora, pensaba que mientras más tardara en hablarle, el pequeño ganaría a su favor algunos minutos de la vida que hasta el momento conocía. Comenzaba a hacer frío mientras trataba de ordenar las palabras que le diría, no sabía qué hacer, lo miraba ahí durmiendo como un angelito y se repetía la frase: “Qué será del niño ahora”.
A Ismael no le quedó otra que dejar sus juegos a la hora de almuerzo, para trabajar en la casa patronal como acarrero. El trabajo no le gustaba, sobretodo porque don Jacinto, su jefe directo, no lo dejaba en paz. Insistía que el niño no servía de mucho, que le demoraba los bueyes, que no los trataba con suficiente rudeza, que les daba mucha comida, que mejor se fuera a la cocina. Pero el patrón insistía en hacerlo hombre, consiguiendo con ello transformar a Ismael en el payaso del campo. Con el tiempo, ni las mujeres comprendían los modos del pequeño, hostigándolo para que madurara, le enseñaban los pechos preguntándole si le gustaría tocarlos, pero Ismael, lejos de sentir morbo, comenzaba a odiarse por ser así, el maripozón del fundo. Se comenzó a preguntar para qué estaba vivo, cuestionó a Dios, a sí mismo y al recuerdo de su madre, maldiciéndola cada vez que podía. Margarita no llegaría jamás y comenzó a pensar que era por su culpa.
Cansado de no saber dónde meter al niño a trabajar y avergonzado por no poder corregir los ademanes del pequeño, el patrón decidió esconderlo para callar las risitas de sus trabajadores, quienes empezaban a mirar con ojos extraños la ternura que le generaba Margarito. Lo envió a trabajos agrícolas, compartiendo labores con los temporeros y temporeras que debían recolectar las hortalizas, cortar uvas y cargar cajones de manzanas. Así evitaría los rumores y le permitiría al pequeño vivir más tranquilo, dándole tiempo para crecer. Pero las burlas no cesaron; no faltaba la mujer, el peón, el camionero, la niña o los borrachos que le gritaran a Margarito. Al pasar caminando le hacían muecas girando la muñeca, lanzándole silbidos piroperos como si fuera una jovencita, hablándole con especial detención en las eses, arrastrándolas como una serpiente caliente reptando por el piso.
Colipato, fleto, hueco, maricón, mariquita, invertido, colizón, fueron los nombres a los que Margarito aprendió a responder. A veces de noche, antes de dormir, hablaba solo y se llamaba Ismael, pensaba que de no hacerlo se olvidaría un día de que tenía nombre. Cuando hacía esto, se acordaba de su mamá, y lo inundaba una sensación extraña, mitad pena, mitad culpa, hasta que lo vencía el sueño y despertaba al otro día con los ojos hinchados. No lloraba despierto (…)
Continuará…
Ilustración: Bárbara Oettinger
Texto: Carlos Piguillem
ISMAEL
El niño de los choclos de oro
(Primera Parte)
Ismael nació en Talca, en la región más huasa de Chile. Desde niño fue diferente, eso decía su madre, quien miraba en sus ojos al gorrión que la embarazó. Pasar la vida con su guacho en el campo no era fácil. El ser hijo de padre desconocido, pese a lo común de la situación, era visto con ojo inquisidor por la familia cultivada bajo el yugo latifundista.
El niño tenía los ojos de su padre, eso le repetía Margarita, quien al verlo no dejaba de temblar de miedo. Ismael, por su parte, se culpaba silenciosamente de lo que le ocurriera a su mamita. Siempre se sintió diferente y no sólo por ser un guacho, un niño sin casa, sin pieza para él sólo, con su pura mamita en la reunión de apoderados, con los patrones que le regalaban un cuaderno y un lápiz en marzo, pero no lo dejaban hacer las tareas con sus hijos. Ismael no entendía las cosas que pasaban en el sitio donde vivía, le costaban todos los trabajos agrícolas, le remitía mucho esfuerzo limpiar las pesebreras, arar la tierra, reír con los chistes de los campesinos, responder las preguntas, caminar como hombre. Y se empezó a conformar con creer que los insultos y las bromas eran motivadas por la envidia. Se convenció de que las humillaciones las hacían los cobardes, porque les gustaba mirarlo y no lo podían reconocer.
A él le gustaba ver teleseries, recortar las modelos de la revista Eva para usarlas como muñecas. Soñaba con ser parecido a ellas y poder dar vueltas mirando como giraba el ruedo de su pollera. Cuando estaba solo, en ese espacio de tiempo que comenzaba al llegar de la escuela y que terminaba cuando Margarita volvía a prepararle almuerzo, Ismael prendía la radio y esperaba que tocaran alguna canción de Sarita Montiel mientras trajinaba las cosas de su mamá. En el primer cajón de la cómoda encontraba un collar, un par de aros y un labial que (ayudado por un palito de fósforo) usaba para colorear sus mejillas y boca. Luego, corría a su cama y le sacaba la funda a su almohada, se metía dentro de ella y la usaba como un vestido ajustado. Caminaba en puntilla de pies hasta el comedor, como usando unos imaginarios zapatos de tacón. Avanzaba hasta su silla, ubicada al lado izquierdo, se sentaba cruzando las piernas, fumando con boquilla y coqueteando con sus ideas. Al sonar la canción en la radio se ponía lentamente de pie y comenzaba a transformar su vida en una película.
Por lo general, su recreo no duraba mucho, se mantenía siempre atento a todos los ruidos para no ser sorprendido, debiendo correr a ocultarse bajo su cama cuando llegaba alguien a la casa. Se quedaba mirando como un ratón al gato desde su guarida, calladito, respirando a penas, aguantando la risa y el miedo, cuidando su secreto para que al día siguiente pudiese volver a jugar. Aproximadamente diez minutos antes de que Margarita llegara el programa que escuchaba cada tarde llegaba a su fin, esto le daba tiempo para lavarse la cara, arreglar la cama y guardar las cosas de su mamá como jugando al pillarse. Cuando llegaba Margarita, él la recibía muerto de la risa al saber que había logrado cumplir con su secreta misión. Margarita por su parte le sonreía de vuelta y cocinaba pensando que su hijo era feliz.
Ilustración: Bárbara Oettinger Searle
Texto: Carlos Piguillem
El Castillo del Juguete
Me acuerdo que era muy chico cuando en el barrio donde vivía inauguraron una juguetería en la que prometían poder divertirse con los muñecos, autitos, pelotas saltarinas sin tener que comprarlos. “El Castillo del Juguete” se transformó en un templo de peregrinación para mi y mis dos primos, quienes estábamos cansados de conformarnos con el “no hay plata” que escuchábamos cada vez que pedíamos algún nuevo juego.
Aproximadamente a unas seis cuadras de la casa se encontraba esta juguetería, donde la puerta emulaba la entrada de un atalaya medieval. Y para uno, que era bien chico, todo parecía un cuento. Cada sábado, después de almuerzo, nos íbamos caminando al “Castillo del Juguete”. Me acuerdo que la primera vez estábamos tan emocionados que fantaseábamos pensando en que ya no necesitaríamos pedirle a los papás, que podríamos ahorrar plata, que era el mejor lugar del mundo y un sin fin de fantasías respecto a encontrarnos por primera vez en un lugar donde los niños éramos los que mandaban.
Al cruzar la puerta principal, nos pillamos con un desorden y ruido gigantesco, las promesas realizadas por la televisión eran absolutamente ciertas, todos los cabros chicos elegíamos un juguete, lo abríamos y empezábamos a probarlo. En el piso se repartían cajas, papeles celofán, monos abandonados, niños cargando autitos, caballitos, chuteando pelotas. Y vamos jugando a las tacitas, y vamos jugando a los vaqueros, y vamos disparando luces, y vamos metiendo más ruido con el zapato de juguete, con las muñecas Jessmar que lloraban, y las mamaderas que bajaban la leche si las dabas vuelta, y los muñecos porfiados, y vamos destrozándonos los tímpanos con tanta bulla.
Al terminar de cansarnos nos íbamos sin comprar nada a la casa, esperando toda la semana volver a visitar nuestro “Castillo del Juguete”. Con el paso del tiempo olvidamos el lugar, al parecer quebró después de unos años. Llegó la democracia a Chile, los primos crecimos y nos fuimos dedicando a jugar menos. Ya cuando estaba grande, estudiando en la universidad, volví a toparme con “El Castillo del Juguete”, está vez leyendo un informe sobre los lugares de tortura en durante la dictadura militar. Me enteré que en la casa ubicada en José Domingo Cañas # 1305 no sólo los niños jugábamos al paco y ladrón. En el mismo lugar los grandes se divertían con sus propios juguetes, pasando el fin de semana con la verdad o penitencia, mientras los niños tapábamos los gritos con las muñecas que lloraban, las pistolas espaciales, los trencitos y nuestras risas.
Hace poco pasé en bicicleta por fuera del Castillo del Juguete, la casa fue demolida el año 2002 con el objetivo de borrar la memoria de este país. Las agrupaciones de detenidos desaparecidos no consiguieron hacer de la casa un lugar que recordara los vejámenes ahí ocurrieron, reduciendo toda la historia del lugar a un pequeño monolito que señala que en ese lugar jugábamos los grandes y los chicos.
Ilustración: Bárbara Oettinger
Texto: Carlos Piguillem
“A mano armada”
Metro
Rodrigo estaba sentado en la estación del metro Santa Ana esperando que pasara algo. Lleva como una semana medio raro, complicado pensando en su vida. Siente que está perdiendo el norte, perdiendo la esperanza. La mayoría de la gente logra encantarse con comedias románticas, canciones dulces, historias bonitas, pero a él no le resulta, se angustia más de saber lo que se pierde.
Cuando entra en esos períodos, hace una suerte de revisión de todas sus relaciones pasadas y comienza a imaginar la vida actual de quienes fueron sus parejas. Siempre están mejor que él. Llega a reírse un poco al darse cuenta de las cosas que piensa, pero no las puede controlar. A veces se le hace tan atractiva la vida del resto de las personas, tan simple la manera en que se enamoran y desenamoran. Piensa en Macarena, ella termina un pololeo y comienza otro. Piensa en Marcial, nunca lo ha visto apenado después de que su pareja de 10 años le dijera que se iba al extranjero solo a probar suerte. Le gustaría ser así, más desprendido, más liviano, pero no puede. El otro día en la micro le decía eso a una amiga, que admiraba a la gente con hartas parejas, como que olvidaban pronto porque están ocupados enamorándose de nuevo, pero que él, que ha tenido pocas, le cuesta tanto safarse.
También se pone autocrítico y se encuentra un poquito patético, un poquito exigente, un poquito ataoso, un poquito mal genio, un poquito penca, medio sin brillo, feo, y ahí se va a la mierda un ratito. Para levantarse se tira un poco de flores, y vuelve a no entender porque nadie se interesa en él. Tendrá algo malo? Un olor cuático? Una actitud muy rara?. Prefiere no pensar. Se propone mantener la esperanza, si piensa que existe algo de magia a lo mejor le cambia la mano. Sonríe, escoge una canción en el Ipod y se queda ahí, sentado en la estación esperando que la vida ocurra.
Ilustración: Bárbara Oettinger
Texto: Carlos Piguillem
Gramófono:
Marie está viviendo unos días complicados. Cada cierto tiempo siente como una corriente de aire cuando anuncia la lluvia, sensación que la hace encerrarse en si misma confundiéndolo todo.
Anoche, mientras cenaba con sus amigos tomando vino, le parecía todo calmo, llena de optimismo reía a carcajadas planeando proyectos oscuros con sus tres secuaces. Recordaba esa escena hace un instante: Vicente, Susana y Rodrigo siendo ruidosos, volteando las copas, comenzando subirle el volumen a la música para bailar, burlándose de ellos mismos, de sus incapacidades, de sus errores, de las consecuencias del alcohol y de los secretos que se conocen. Encontró un respiro en el recuerdo de anoche, pero al dejarlo ir se vio en el pasillo del hospital esperando ver a su abuelo que como un fruto maduro estaba a punto de dejarse caer por su propio peso. Veía el pasillo que llevaba a la habitación de él, recordaba el vino, se fijaba en el médico con uniforme de cirujano que la veía, recordaba a Susana decir que no entendía al traumatólogo con el que salía, veía familiares entrar a las habitaciones cargando colonias, toallas, galletas de agua, y pensaba en el vino de anoche. No lograba, por algunos segundos, entender que la mujer de anoche y la que caminaba por el pasillo a la izquierda de la urgencia eran la misma.
Entró a la sala con temor, no sabía que se encontraría, al avanzar lograba ver la cama en que estaba su abuelo. Daba un paso y recordaba las fotografías familiares que lo mostraban joven, otro paso y recordaba las historias que le contaba su madre, otro paso y recordaba las tardes de domingo en que lo visitaba para tomar once, otro paso y sabía que estaría al lado de la cama.
No lo pudo reconocer, sus recuerdos no guardaban relación con el abuelo que dormía en esa cama. Sintió pena, le dio un poco de rabia e impotencia. Encontró injusto todo, que vistiera un pijama que no era el suyo, que reposara en una cama ajena, que lo tuviesen con catéter en los brazos, que le dolieran, que teniendo tantos hijos estuviese solo.
Lo miro en silencio, tomó su mano y él le respondió levantando con esfuerzo sus parpados y cejas. Su cuerpo era otro, no quedaba rastro del hombre que fue, lo veía más delgado, más pequeño, como si a cada instante su cuerpo fuese desapareciendo hasta que no quedase nada. Lloró.
Pedaleó hasta su casa con la sensación de que la vida es mentira, que los árboles, el cemento de las calles, los edificios, los vidrios de las ventanas, sus planes, los semáforos, los pasos de cebra, la mujer con bolsas de supermecado, sus zapatillas, todo desaparecería. No sentía pena, se sentía viva, pero a sabiendas que todo lo que conocía pendía de un hilo.
Ilustración: Bárbara Oettinger
Texto: Carlos Piguillem
Grulla
Romina estaba cansada, un poco molesta, pero trataba de disimularlo, pues la situación lo ameritaba. En la mesa de su cocina, se encontraba sentada a su lado derecho Andrea, y a su lado izquierdo otra compañera de trabajo que no paraba de llorar, quejándose a ratos en un intenso lamento etílico. La situación no era para nada cómoda, pues Muriel amenazaba cada cinco exhalaciones con regurgitar, en el lustroso piso de azulejos de Romina, los cuatro mojitos mezclados con la pizza de rúcula que comieron en El Ciudadano. Andrea no sabía qué hacer, dudaba si sobarle la espalda o si llevarla a su casa. Romina trataba de prepárale un tecito, mientras sentía un poco de lástima por Muriel y una secreta gratificación de haber hecho lo necesario para no estar en sus zapatos.
Muriel creció en provincia. Su madre era profesora y su padre carabinero de la única comisaría con que contaban los habitantes de San Fernando. Al colegio asistía con el jumper nunca por sobre de las rodillas, pues su padre señalaba que era de mala mujer el andar exhibiéndose. El cabello lo peinaba con dos moños y con una trenza María para ocasiones especiales. A Muriel le encantaba la trenza María, la hacía sentir como preparándose para una ocasión importante. Siempre la llevaba puesta para las fiestas de su padre, ya que Carabineros de Chile solía organizar cenas de gala que hacían sentir a Muriel en un cuento de hadas. A Muriel lo que más le gustaba eran los preparativos, disfrutaba con cada prueba del vestido, los ajustes con alfileres, la elección de las telas, el diseño del menú que realizaba su madre explicándole la importancia de darle buena impresión a los amigos del papá. Le encantaba ver como su madre trabajaba tanto y tan serenamente en la organización de cada detalle. Su vestido solía a ser una clonación del de su madre, pero con modificaciones de acuerdo a su edad, variando en el color, el largo de la pollera, el alto de los tacos y el uso de accesorios. Pese a que ella insistía en maquillarse como su madre, esto le era prohibido, debiendo conformarse con un poco de rubor hasta alcanzar la edad para ser una mujer.
En cada ceremonia se sentía una princesa, de ahí venía su manía por leer atentamente revistas del corazón con el objetivo de conocer hasta el último detalle de la realeza. No le interesaba conocer la vida de los actores de Hollywood, como decía su madre, los encontraba vulgares. Se pasaba la tarde pensando en condes, reyes, e infantas. De todas, la familia que prefería era la realeza de Mónaco, incluso se encontraba ligeramente parecida a Carolina. Con todas esas ideas en la cabeza, no dejaba de fantasear en cada cena de papá. Procuraba imitar en cada gesto a su madre, grabando en su cabeza el listado de instrucciones que le daba para que de pequeña aprendiese a ser la mejor de las esposas.
Con el paso del tiempo Muriel comenzó a generar una fuerte predilección romántica por los hombres que vistieran con ropa Arrow o Bellota, olieran a Old Space o Agua Brava, se mantuvieran rasurados, con la línea del pantalón muy planchada y los zapatos lustrados. Siempre supo que así sería su esposo, pensaba que se parecería al primer marido de la Bolocco, y que ella lo sabría cuidar mejor, pues no le interesaba andar saliendo en la tele media empelota. Un hombre serio quiere una mujer seria, se repetía escuchando a su padre.
En un comienzo le resultó fácil ver como sus amigas se emparejaban con tanta holgura, llegando a lamentarlas por la fama que creía que se hacían, pero fue pasando los veinticinco, llegando a los treinta y aún no conseguía realizar lo que le daba sentido a su vida. Muriel comenzó a entristecerse y asustarse, pasaba periodos de gran angustia al sentirse sola, al ver que sus amigas y compañeras de curso se casaban, al ver pasar el calendario biológico sin dar uso a su útero. Cada día se sentía más gorda, más fea, más vieja, más seca.
Logro encontrar consuelo en Andrea, la veinteañera compañera de trabajo que la invitaba, un poco por pena y por no tener amigas en Santiago, a los after office y los asados de su pololo. En una de esas conoces a alguien, una nunca sabe cuando salta la liebre, le repetía. Y Muriel florecía en esperanzas de conocer a ese amigo del pololo de Andrea que aún estaba soltero. Nunca consiguió algo, sólo una vez una cita, pero se consideró utilizada al percatarse de la insistencia de Sergio en besarla y tocarla después de cenar juntos. No le volvió a contestar el teléfono.
Hoy la ha pasado mal Muriel, se enteró que Andrea estaba embarazada, y con ello se acababa el consuelo de no ser la única sotera de la oficina. Trató de tomarse la celebración en El Ciudadano como el último happy hour. Trató de ser fuerte y sonreír, de desearle lo mejor a Andrea, pero no pudo. Terminó bebiendo más de la cuenta y llorando en la cocina de Andrea. Porque no me pueden querer, porque no me pueden querer, porque no me pueden querer, repetía mientras lloraba con la cabeza apoyada en la mesa. Andrea no sabía cómo reaccionar, dudaba si sobarle la espalda o si llevarla a su casa. Romina trataba de prepárale un tecito, mientras calentaba la mamadera de Javier, su hijo, quien gateaba a los pies de Muriel.
Ilustración: Bárbara Oettinger
Texto: Carlos Piguillem
El Faro
Roberto se cansa en las reuniones, lleva más de treinta minutos sin escuchar al relator que la empresa contrató para capacitarlo. Siempre piensa que son innecesarios esos cursos en “Prevención de Riesgo”, “Comité Paritario”, “Uso del tiempo libre”, “Trabajo en Equipo”, en parte porque nadie aplica lo que escucha, y en parte porque nadie dice lo que piensa. Se molesta de sobremanera cada vez que algún colega trata de disimular su letargo opinando cualquier cosa, o repitiendo como un loro “Si, po”, después de cada oración dicha por el relator para que su jefe piense que está atento. Cuando se da cuenta de esto, se deprime un poco, se cuestiona si está haciendo lo correcto, si vale la pena aguantar a toda esa gente por el sueldo mensual, si eran necesarios los cinco años de universidad para hacer su trabajo, si debería pararse e irse a caminar por ahí, si los tubos fluorescentes que alumbran la sala le generarán un cáncer, si un viejo amor le recuerda, si debería mandar todo a la mierda y gastarse sus ahorros viajando por el mundo.
Aburrido del panorama, comienza a romper en cuadrados las hojas de roneo que le entregaron con la carpeta de la capacitación, él no suele tomar apuntes. Primero, procura doblar el papel hasta formar un triángulo, luego dobla el excedente y lo corta con los dedos. Repite esto durante veinte minutos, formando una colección de cuadrados de diferentes tamaños. Mientras lo hace, deja de escuchar al relator, deja de escuchar los cuchicheos de los que se sientan detrás de él, y deja de escuchar los “Sí, po” de la patera de siempre. Roberto comienza a desaparecer evaluando su vida, como en una película, buscando un momento que lo rescate del lugar.
Recuerda que siempre se sentía triste en invierno, cuando por la temperatura no lo dejaban salir a jugar, cuando se oscurecía antes de la once, cuando era el único de sus primos que no tenía colegio en la tarde. En los días de invierno, Roberto, se dedicaba a mirar por la ventana al gato del vecino que se paseaba por la pandereta, cambiaba varias veces la televisión, se acostaba en el sofá a escuchar la radio El Conquistador, hojeaba la revista Conozca Más mirando las fotografías, se comía un pan, y miraba las agujas del reloj avanzar esperando a sus primos.
A veces, lo llamaba por encima de la pandereta un senil vecino para contarle alguna historia. Roberto siempre le pedía que le dibujase sirenas, y aunque el caballero no tenía habilidades plásticas, siempre accedía. Roberto le pedía, una vez terminado el dibujo, que le contase qué estaba ocurriendo en esa imagen. Don Alfonso, inventaba para él cuentos que se mezclaban con otros cuento, que había escuchado cuando era un niño. Y cuando llovía le enseñaba a hacer diferentes barcos y botes de origami: veleros, botes de pescadores, botes techados, barcos de dos cañones, transatlánticos, etc. Cuando ya estaban todos terminados, Don Alfonso animaba a Roberto para que tapase el desagüe que se encontraba en la esquina de la cuadra, y sentados frente a la estufa miraban por la ventana crecer el caudal de agua que se acumulaba entre la calle y la berma. Cuando el torrente era adecuado, Don Alfonso autorizaba a Roberto para que fuese dejando uno a uno los botes en el río, y cuando quedaba el último, el anciano le daba permiso a Roberto para que corriera por la vereda de Irrarazaval siguiendo al bote hacerse camino.
Roberto, pese a los múltiples intentos de Don Alfonso, nunca aprendió a hacer alguna figura de origami, se negaba silenciosamente a poder hacer solo esos juguetes, pues imaginaba que de esa manera Don Alfonso tendría que estar ahí cada invierno.
Roberto recordaba esto cuando, de repente volvió a la sala iluminada por tubos fluorescentes. Lo devolvió la voz de la compañera de trabajo sentada a su izquierda, preguntándole con un tono castigador: “Porqué estás haciendo eso, Roberto. Córtala”. Roberto bajo la mirada y vio la mesa de su banco llena de cuadrados de roneo. Guardo silencio, encontró innecesario responderle que nunca quiso aprender a hacer origamis.
Ilustración: Bárbara Oettinger
Texto: Carlos Piguillem